Perteneciente a la familia de las rutáceas, el pomelo (Citrus maximus) es el nombre común del fruto de una variedad de cítrico probablemente originaria de Jamaica, e introducida en Florida en el siglo XVI por los españoles. Es un derivado del híbrido entre el Citrus grandis y el Citrus sinensis (Naranja).
El color naranja se debe a su contenido en carotenoides, siendo en nuestro organismo donde los carotenoides se transforman parcialmente en vitamina A. La vitamina A es un antioxidante, preciso para un crecimiento adecuado, el desarrollo de la piel o la visión correcta.
Desde hace varios años, se viene recomendando evitar el zumo de pomelo si se toman ciertos medicamentos, como los que controlan la presión sanguínea o los que reducen el colesterol entre otros, ya que alguna sustancia de esta fruta puede producir efectos secundarios peligrosos. Actualmente se incluyen también los inhibidores de proteasa (antiretrovirales indicados contra el VIH), y algunos fármacos contra la alergia y el asma.
Buena parte de los principios activos componentes de los medicamentos anteriormente citados presentan unas características comunes. Se metabolizan, inactivándose, merced a la participación de ciertas enzimas presentes en el tracto intestinal y en el hígado: CYP3A4 y CYP1A2, es decir, los sistemas citocromo P450 3A4 y citocromo P450 1A2, que, asimismo, también participan en la biodegradación de múltiples metabolitos a desechar. Estas son las enzimas que resultan inhibidas por los flavonoides presentes en el zumo del pomelo, con la consecuencia inmediata de que la biodegradación de los medicamentos se reduce y resulta aumentada su dosis activa o biodisponibilidad.
Visto lo cual, mejor ingerir los medicamentos con un vaso de agua y dejar el zumo de pomelo para mejores ocasiones. Ciencia incierta, al fin y al cabo...

















